Descubriendo Paraguay

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Saliendo de Asunción

Fue sin lugar a dudas una revelación ya que la capital paraguaya no me pareció un lugar con muchos alicientes. De nuevo, otra vez más, las capitales hay que explorarlas más y mejor, pero es que a priori y con el calor que hacía, no me parecía muy atractivo hacerlo.

En este caso me llamó mucho la atención el caos de tráfico, por ejemplo, ya que ralentiza en exceso el movimiento hasta el punto de tardar hora y media para llegar a la terminal de buses desde la entrada de la ciudad y dos horas para salir. Una locura.

En cambio el camino hasta Encarnación fue una maravilla absoluta. Lo escribo casi arrepintiéndome de no haber invertido algo más de tiempo en el país. Estoy escribiendo estás líneas en el asiento delantero y superior del bus que me lleva a la ciudad costeña, es decir, todavía me quedan unos días para salir de nuevo del país y seguro (en próximos párrafos lo comprobareis) que disfruto mil de lo que todavía me espera.

En este mismo asiento del bus no puedo dejar de pensar, una vez más, en lo recorrido. Hacía una cuenta mental sobre los hostels que había visitado en estos cinco meses. Hasta la fecha he probado las mieles y las desgracias de veintisiete hostels diferentes. Algunos estupendos, otros desgraciadamente un poco desastre. Precisamente las dos caras de la moneda me las he encontrado en Asunción.

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Una sorpresa de país

Mi incursión a Paraguay ha sido breve, muy breve, pero incluso habiendo estado tan poco tiempo me ha dejado la sensación de que puede ser un país en el que invertir algo más de ese tiempo sería una gran idea. La naturaleza, la diversidad cultural, el bilingüismo, todo eso y más hace del país un bonito lugar para descubrir, aunque como digo, la sensación es que las ciudades no serían un reclamo precisamente, al menos por lo poco que he visto yo.

El calor durante estos días tampoco ayudó a entusiasmarme por conocerlas profundamente, si bien es cierto que no me animo últimamente a conocer ciudades y mucho menos si son grandes. Los colosos de acero, hormigón y calles atestadas de coches ya no son, a priori, algo que me mueva en los viajes.

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Más ruinas, más.

Visité las ruinas jesuiticas de Trinidad, un pueblecito a una hora de Encarnación en Paraguay, que eran una de mis mayores motivaciones a la hora de viajar a este pais. No me decepcionaron, de hecho me encantaron primero por el entorno y el propio pueblo de Trinidad, precioso, con su tierra roja y su vegetación exuberante y luego porque aunque gran parte de las edificaciones están derruidas, se mantienen bien conservadas. Hay que recordar que estas reducciones jesuiticas  se empezaron a construir en el siglo XVII y tras un proceso de abandono fueron recuperadas y hoy en día son patrimonio de la humanidad de la Unesco. 

Como información os puedo decir que desde la terminal de buses de Encarnación salen como cada media hora los transportes que te dejan en la propia Trinidad, pero también algunos que te llevan a Ciudad del este te pueden dejar en la ruta justo en la entrada del pueblo. La vuelta lo mismo, es cruzar la carretera justo en frente de donde te deja el transporte y esperar a que llegue alguno que te lleve a la ciudad.

Yo las visité en una fecha señalada y controvertida. Aquel día era doce de Octubre y ya sabéis la polémica, debate o diálogo que puede crearse con este tema.

Sobre Encarnación diré que no me pareció muy del otro mundo salvo por su costanera que me pareció agradable y muy funcional, con la ciudad de Posadas en Argentina en frente y que por la noche le daba un toque muy guapo con el Skyline iluminado al otro lado del río Paraná.

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Capricho de Iguazú

Y dejé Encarnación. A la mañana siguiente me encapriché y decidí ir a Iguazú. Lo de ir a los saltos del Moconá lo desestimé por el crecimiento del río Uruguay. Hay una web en donde te puedes informar si se puede hacer el paseo en barca o no. Durante esos días parecía inhabilitado y ya no me la quería jugar más. A esta altura del viaje mi cuerpo ya no está para pruebas, aunque sí me quedaba una bala en la recámara y la utilicé para tras dos horas esperando cruzar la frontera argentina y siete horas de bus, avería mediante, hasta Puerto Iguazú, visitar de nuevo las cataratas.

Fue mi segunda vez en el lugar más maravilloso que mis ojos han visto, y esto mismo lo mantengo aún habiendo vivido experiencias casi espirituales disfrutando en paisajes argentinos que quitan el hipo.

Los paseos por las cataratas son muy espectaculares aun con el hándicap de haberlas visitado un sábado de feriado, habiendo miles y miles de personas. Yo recomiendo estar ahí a las 7:30 de la mañana, para ahorrarte la multitud, aunque a la salida me topé con unas hordas estupendas de personas que venían a disfrutar de chocarse con otras personas en las pasarelas del parque.

La cosa quedó deslucida por no poder disfrutar de nuevo de la garganta de diablo y del punto más bonito según mi opinión que es la parte del final del sendero amarillo, abajo del todo, en donde se pueden divisar casi todos los saltos de la zona este.

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