Paraná, Entre ríos

He viajado de sur a norte y desde el norte he ido bajando hasta la provincia de Córdoba. Desde acá tomé un colectivo (yo llamo a las cosas como se llaman aquí) que duró 6 horas hasta Paraná, Entre ríos..

Como les comento, señores y señoras, en esta última etapa visité Paraná y durante un ratito fui a Santa Fe. No puedo hablar mucho de esa ciudad, porque estuve muy poquito tiempo, pero disfrute de un buen paseo por una zona peatonal y mejor café con mi amiga @evi. Ella es el mismo amor y la zona por donde anduvimos tenía una pinta excelente, pero por desgracia, el tiempo fue excaso.

Hablar de Paraná es recordar su inolvidable parque Urquiza y los atardeceres que puedes contemplar desde la costanera. Es un lujo, un privilegio para los habitantes de este lugar poder disfrutar de este espectáculo diario. Me veo incapaz de pensar en la ciudad y no nombrar la maravillosa visión de su cielo. Tiene, debe tenerlo, algo muy especial, quizá por su horizonte tan extenso que recuerda a un mar calmo, así que la posibilidad de vivir físicamente esos momentos crepusculares se torna en regalo.

Y en este punto lo emocional sale a flote, porque así fue, emocionante. Pasé unos lindos días rodeado de personas muy bellas que me hicieron la estancia extremadamente agradable. Me cuesta la vida poder expresar con palabras el sentimiento de gratitud tan enorme que tengo hacía ellos. Lo prometo, nada de lo que diga puede hacer justicia a su entrega máxima por mí. Fue como vivir un pequeño sueño. Paseamos, comimos, cenamos, vivimos nacimiento de una enorme luna llena, atardeceres épicos y momentos inolvidables.

Ya que estamos aquí, creo que es obligación nombrar un lugar cercano a Paraná llamado Oro verde. Llegas con la línea 6 de micro y es como un oasis, y no porque la ciudad sea una locura, que no lo es, pero Oro verde contiene la paz necesaria para desconectar del día a día, aunque tu rutina, como es mi caso, no sea en absoluto estresante.

No sé si quieren que les explique todos y cada uno de los detalles de la ciudad. Yo creo que sería redundar y escribir para aburrir, porque se defiende sola. Tenía una idea diferente y me fui muy contento por haber podido vivir unos días allá. Si me preguntaran sobre dos de sus características principales nombraría su espectacular parque con sus atardeceres y los edificios de corte colonial que llenan sus calles. Apuntaría sin dudar a su tranquilidad, aunque hay algo que viene acompañándome hasta el día de hoy y que en Paraná se repetía como en toda Argentina: el descontrol en el tráfico. No quiero intervenir en su manera de manejar, lo que digo es que yo que soy estricto en las normas de conducción me vuelvo loco. Sería abrir un nuevo y extenso párrafo y no estoy por la labor, pero insisto, lo raro de su conducción me llama increiblemente la atención.

En definitiva, es una ciudad que invita a quedarse a pasar unos días; tranquila, segura, con cierta organización (salvo el tráfico, insisto) y en la que se siente buen nivel de bienestar. Ésto se puede adivinar por la cantidad de residencias que uno imagina habitadas por clase media.

Paraná, entre  ríos

Algo que tampoco puedo quitarme de la cabeza era la sensación de estar en un lugar donde el agua cobraba especial protagonismo. Si tuviera que decirlo a la brava podría comentar que andando por sus calles tenía la sensación de caminar por una ciudad portuaria, cerca del mar, con un mar. Sus palmeras, el olor de su aire, su ambiente, todo me recordaba a ello. No es un recuerdo exactamente, es un sentir, un roce en la piel, ustedes me entienden. Pero es que además visualmente así lo parece. No es un mar lo que vemos en la costanera de Paraná, pero lo parece. Lo parece porque hay puntos en la playa donde se contempla a lo lejos su skyline costero y por supuesto los barcos de carga que te hacen pensar en bocas de puerto marítimo. En definitiva, un ambiente marinero y melancólico de literatura hispanoamericana.

Paraná desde el otro día y para siempre tiene un hueco en mi corazón. Entre ríos, la provincia y lo que significa vivir entre ríos, será referente en mis recuerdos sobre argentina.

En Paraná, entre ríos, argentina, me embarqué en uno de los trayectos más bonitos que he hecho. Precioso, hermoso y a veces dolorosamente emotivo por razones obvias: el fin se iba acercando. Las ideas y pensamientos en mi cabeza estaban golpeando con fuerza intentando dejar claro que nunca hay tranquilidad cuando hay pasión por algo, una tormenta interna, aún hoy en día, a falta de horas para irme, arrasa con lo racional que surge miedoso ante la idea de quedarme.

Mis últimos días en Buenos aires han sido maravillosos también y es que, como ha ido ocurriendo durante mi viaje, la gente que me he ido encontrando por el camino me ha facilitado la vida. La anfitriona en la capital de la república consiguió literalmente hacerme sentir como en casa. No es que me haya ayudado, es que mi amiga, la que ha perdido el **** por estar pendiente de mi, se ha portado de tal manera que ni en cien mil años podré agradecerle el trato y su mano ofrecida para lo que yo necesitara en capital o incluso fuera de ella. Creo que es justo, cuanto menos, recordarla con cariño porque se merece todo lo mejor.

Ha sido una constante por todo el país, lo he dicho en muchas ocasiones durante mis relatos en este blog. La atención recibida me hace sentir a veces como que no he sabido corresponder. Una amiga, no solo una amiga, los propios argentinos dicen de ellos que son cariños, hospitalarios, detallistas y efectivamente, doy fe, así es, así son. Un encanto, no me cansaré de decirlo una y mil veces.

Mis últimos días por BA fueron una maratón en todos los sentidos, de aquí para allá y vuelta a empezar. Gracias a la camioneta de mi amiga pudimos recorrer diferentes lugares, aunque también hicimos excursiones a pie o incluso en barco. Visitamos Tigre, una localidad o algo así, fuera de capital federal. Tigre se sustenta sobre las tierras bañadas por varios ríos que se unen entre ellos o acaban desembocando, al final de sus enmarañadas curvas, en el río de la plata. Rías, ríos, canales, no sé cómo definirlos, el hecho es que hay cientos, quizá hasta miles de ellos en los que los lugareños y los turistas navegan, ya sea en yates de lujo, canoas, piraguas, embarcaciones de recreo, gomones o barcos de pasajeros donde transportar habitantes de sus islas. Un lugar fascinante para al menos pasar un bonito día turístico.

Comprobé desde la autopista lo extenso de la villa 31. Caminé por el precioso parque del rosedal, sufrí un poquito, por culpa de mis prejuicios, la zona de guerra nocturna al lado de la estación de retiro. Me topé con manifestaciones multitudinarias entre la niebla en la 9 de Julio, comí en lugares preciosos donde la comida se sirve con cariño o en otros, como el barrio chino, donde te transportan a otros países. Me reencontré con el barrio de San Telmo, volví a disfrutar de la pizza de Güerrín, pero sobre todo he vuelto a disfrutar de personas a las que quiero, porque os quiero.

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